domingo, 16 de noviembre de 2014

Los talentos de la elocuencia

Lo suelo comentar con los clientes que acuden a mis entrenamientos de oratoria: el éxito de un buen orador estriba en enseñar, mover y deleitar. Tratemos pues de dominar la elocuencia que no es otra cosa que "la facultad de hablar o escribir de modo eficaz para deleitar, conmover o persuadir". (DRAE)

Podemos entonces afirmar que dos cuestiones han de confluir en un orador: la razón y el corazón. La razón para convencer y enseñar, y el corazón para conmover y persuadir. Y ¿cómo adiestramos a la razón y al corazón? ¿Cómo alimentamos la elocuencia? ¿Qué talentos necesitamos para concluir que podemos abordar dignamente el arte de la oratoria? A continuación repasamos algunos de ellos que se proponen desde antiguo por quienes dedicaron esfuerzos al conocimiento del ser humano.

El primero de ellos, la sabiduría. Difícilmente conseguiremos trasladar nuestro mensaje si no conocemos su contenido, si no hemos pensado y reflexionado sobre él. El gran poeta Horacio reconoció que la sabiduría era principio y fuente de escribir bien. Una sabiduría que va más allá de la simple erudición. Por lo tanto conozcamos aquello que queremos transmitir para que, ayudados de nuestra propia reflexión, podamos elaborar nuevas ideas sólidas, nuestras propias ideas.

La imaginación. Se trata de un talento que nos permite reducir a imágenes nuestros conceptos abstractos. La experiencia vivida y nuestra memoria ayudarán mucho a este fin. Resulta muy interesante, utilizando las dosis y ejemplos prudentes y sin excesos poéticos de imaginación, comprobar cómo un orador es capaz de conmover los ánimos de un auditorio. En nuestro objetivo de persuadir, nos daremos cuenta que ocupa un lugar de similar importancia la imaginación y la razón. No basta con la verdad porque no se entiende lo que no se puede imaginar, no se comprende lo que no se siente y no se persuade a quien no se le conmueve.

Los sentimientos. O los afectos. O por mejor decir, el ánimo. Empezando por el propio. ¿Cómo podremos conmover el ánimo de quien nos escucha si tenemos el nuestro apagado? Podremos expresar con calor aquello que sentimos con entusiasmo. Nos ayudará a expresarnos el calor del corazón y la naturalidad de emocionarnos con lo que sentimos. La sencillez ayudará a intensificar el afecto. Si además somos capaces de combinar corazón e imaginación, seremos capaces de completar la mezcla necesaria para persuadir aún cuando tengamos carencia de alguno de los dos elementos. Recordando lo que leí en un viejo manual, la prueba de que los momentos más sublimes vienen dictados por el corazón y no por algo preparado con la frialdad de lo artificial, es que los enamorados olvidan fácilmente lo que dijeron a su amado el día anterior porque lo dijeron fruto del sentimiento y no del estudio.

El ingenio. Efectivamente: la capacidad del hombre para discurrir es otro de los talentos de la elocuencia; probablemente sea el principal porque
se trata de una disposición natural, nacida con nosotros mismos. Esta fuerza es la que nos hará crear y producir nuestras propias ideas, nuestros propios mensajes, nuestros propios pensamientos. Con ingenio se encontrará la defensa en el ataque; con ingenio se encontrará la salida al éxito en la adversidad. Por cierto, el ingenio no es la extensión de la memoria, aunque en ocasiones el ingenio puede suplir a la memoria, cosa por otra parte poco recomendable para no caer en brazos de la improvisación, enemiga mortal de cualquier persona que haya de presentarse en público con su palabra.

Y hasta aquí. Lo siguiente sería hablar de los componentes de la expresión. Pero eso será ya otro día...

martes, 11 de noviembre de 2014

La comunicación también es política: #9N

Incluso en un blog de "comunicación, oratoria y protocolo" como pretende ser este "Obrador de palabras" es imposible no escribir un 10 de noviembre sobre lo ocurrido ayer en Cataluña. Muchas son (y todavía quedan) las interpretaciones de politólogos, consultores políticos, asesores de comunicación, periodistas, políticos, partidos... incluso instituciones. Aquí va la mía por si sirve de reflexión o controversia a cualquiera que tenga a bien leer estos párrafos.

Fue el griego Plutarco el que dijo que "hablar es sembrar; escuchar es recoger". Y quizá, a partir de ayer, todos y cada uno de los participantes en el espectáculo llevado a cabo, recojan lo que escuchen pero sobre todo, lo que han sembrado (hablado o callado).
La política es legalidad, pero también hechos, también gestos, también comunicación.

No voy a entrar en la parte que tiene que ver con la legalidad, muy importante, y en la que parece que van a entrar jueces y fiscales aunque sea tímidamente. Esa parte de la batalla tiene sus tiempos. Pero sí quiero analizar la parte que tiene que ver, precisamente, con la comunicación, parte también muy importante de este escenario en el mal llamado proceso de participación ciudadana.

En este caso, centro mi atención en cuatro ámbitos que, para mi, son fundamentales. Las palabras, los mensajes, los gestos y las imágenes.

Las palabras importan, y mucho. ¿Por qué no se han utilizado correctamente? Una vez más, una minoría (al más puro estilo "gramsciano") ha colocado su terminología sobre el colectivo. Términos como "consulta", "derecho a decidir", "proceso de participación ciudadana", "legitimidad", "pueblo catalán"... han ocultado los conceptos de "ilegalidad", "mayoría", "soberanía nacional", "estado de derecho" o, por ejemplo, "secesión" que significa ni más ni menos que "acto de separarse de una nación parte de su pueblo y territorio".

Los mensajes. Aparentemente han sido claros desde el gobierno y los partidos constitucionalistas, pero ¿dónde ha estado el problema para que en la conciencia colectiva haya pesado más el mensaje de los "independentistas"?, o mejor dicho que no se haya sentido la contundencia en el mensaje del gobierno de España. Y no podemos echarle la culpa sólo a los mensajeros. ¿Cómo es posible que con un 28% en un proceso que ha tenido menos garantías que una votación en la Chimbamba quien ha perdido parece que ha ganado? ¿Cómo no se ha atacado el propio proceso por irregular, antidemocrático, falto de limpieza y rigor? ¿Por qué no se contraponen con fortaleza objetiva los números, no ya del resto de España sino de la propia Cataluña? etc. etc.

Las imágenes. También muy importantes y que los "independentistas" han manejado a su antojo en todo el territorio nacional. Se les ha dejado importantes huecos y quienes han intentado contrarrestar no han tenido el peso mediático suficiente. Quizás alguien pensó que el mejor lugar para estar los días previos al 9N era Extremadura en una convención de cargos electos del partido del gobierno (desde luego era otra posibilidad). Sí me parece acertado, sin embargo, no haber caído en la trampa de la posible foto del guardia civil retirando la urna de cartón. Pero el domingo y el lunes... han campado a su antojo, así cualquiera. 

Los gestos. Me quedo con uno. Comparecencia de valoración, sin preguntas, en nombre del Gobierno, del recién nombrado ministro de Justicia (por cierto, a día de hoy, un auténtico desconocido). Pretender dejar este asunto en el ámbito de la justicia me da idea de que, una vez más, se ha optado por perfil bajo. Lo que pasa es que muchos millones de catalanes y muchos millones de españoles se han quedado huérfanos de liderazgo político durante la jornada de domingo y lunes (me remito a la lectura de la prensa de hoy).

Son formas de ver los escenarios. Espero estar equivocado. Veremos las consecuencias. Imagino que en días sucesivos se intentará redirigir con serenidad y fortaleza todo este desaguisado. Siguiendo a Plutarco, si poco se habló, poco se sembró. Si poco se escucha, poco se recoge.

domingo, 26 de octubre de 2014

La construcción del discurso

Hoy quiero compartir unas breves reflexiones sobre una de las cuestiones que, para mí, tienen más importancia a la hora de hablar en público: la construcción del discurso.

Lo repasábamos la semana pasada con una de las personas que ha asistido a uno de mis entrenamientos de oratoria y él mismo ponía de manifiesto la trampa que se crea muchas veces en la actualidad estando más preocupados de otras cosas.

Para hablar de ello, de la construcción del discurso, no me resisto acudir a los clásicos, pues desde mi punto de vista, siguen estando vigentes en la actualidad.

Decía Aristóteles que un discurso está comprendido de contenido y de forma. Contenido que dimana del saber y de la formación del individuo, de la experiencia y del caso concreto que se aborda en el discurso. La forma es la belleza de la expresión que la constituyen la armonía o el encanto del lenguaje (euritmia) y la variedad y colorido de la expresión (poikilía), o lo que es lo mismo, la elocución, tal y como la denominó Isócrates.

Cicerón habla de 5 partes a la hora de construir un discurso:
  1. Invención, es decir, el contenido propio y la búsqueda de materiales
  2. Disposición u ordenación de estos materiales y contenidos
  3. Elocución, que, groso modo, podemos definirla como declamación y estilo
  4. Pronunciación, planteada desde un punto de vista técnico
  5. Memorización, que como su propio nombre indica, hace referencia a la importancia de almacenar en la memoria aquello que vamos a decir. 
El dominio de estas cinco partes, y por lo tanto, el arte de hablar en público, va a depender de la disposición natural o talento, del conocimiento técnico que tengamos de la materia y, por supuesto, del entrenamiento.

Por último, Quintiliano (cuya memoria reivindico pues pienso que es uno de los grandes olvidados, quizá porque nació en Calahorra) propuso de una forma revolucionaria para su tiempo en el siglo primero, que el orador debe enseñar, mover a la acción y deleitar.

Creo que es evidente la vigencia hoy de estos presupuestos. Quizá el problema sea que les hacemos poco caso, lo que lleva aparejado una inevitable mediocridad de gran parte de los discursos que escuchamos en la actualidad. O quizá... sean otros los motivos.


martes, 14 de octubre de 2014

Comunicación de crisis. El ébola

Parece inevitable que, tras las convulsiones mediáticas y políticas en torno al asunto del ébola, hablemos un poco sobre la comunicación de crisis. Partiendo de la base de que cuando nos enfrentamos a una "crisis", desde el punto de vista de la comunicación hemos de saber que nos vamos a enfrentar a reacciones del público inesperadas que afectan a emociones y comportamientos, el objetivo debe ser ganar la confianza del ciudadano.

Por eso mismo, la institución, empresa, individuo... que se sabe en la posibilidad de tal difícil circunstancia suele tener previsto el protocolo de actuación. Por tal motivo, los expertos hablan de pre-crisis, crisis y post-crisis. Es evidente, que un ministerio como el de Sanidad, ante una situación ya repetida (hubo un primer caso de repatriación por ébola) debía tener preparado su protocolo de crisis y haber venido actuando ya en la "pre-crisis", previniendo y siendo proactivo. A la vista de lo ocurrido, también resulta evidente que el plan no ha salido bien y se ha tenido que corregir sobre la marcha para intentar salvar a un Gobierno acechado, nada más y nada menos que relegando a una ministra y poniendo al frente a una todopoderosa vicepresidenta, lo que sitúa ya al propio presidente en zona de máximo riesgo (algo que cualquier manual de crisis tratará siempre de evitar)

Una comunicación eficaz pasa por intentar reducir al máximo las reacciones de enojo de la población. Además debe mantener el objetivo de ayudar a las personas a enfrentarse de manera eficaz al peligro. Por eso uno de los mayores expertos en comunicación de riesgos del mundo, Peter Sandman plantea los ámbitos que hay que controlar en una situación de crisis: el contenido de la información, la logística, la evaluación de la audiencia, la participación del público, los metamensajes y la autoevaluación. Me temo que nada de esto se ha controlado hasta que el presidente da un puñetazo en la mesa y pone al frente a la vicepresidenta.

Díganme si durante los días pasados se ha puesto en marcha alguno de estos principios fundamentales de la comunicación de crisis: Confianza. Anuncio inmediato y actualizado. Transparencia. Planificación. Considerar al público.

La capacidad de gestionar adecuadamente la comunicación en situaciones de crisis resulta ser un elemento central para enjuiciar las habilidades de liderazgo de un responsable público. La efectividad comunicativa y la credibilidad juegan un papel importantísimo. Preguntas como ¿qué ocurrió?, ¿cuáles fueron sus causas y consecuencias? ¿qué soluciones se proponen? ¿a quién se puede culpar?, tienen que tener obligatoriamente unas respuestas medidas, coherentes y ciertas.

La efectividad la podemos conseguir con una alto grado de preparación, buscando velocidad y coherencia. También coordinando la información y generando un solo canal de la misma. Por último, profesionalizando la comunicación utilizando portavoces profesionales en la materia. ¿A que esto les suena más en la segunda etapa de la crisis del ébola?.
La credibilidad va a depender, en primer lugar, de la historia y la reputación de aquel en el que se personaliza la comunicación de la crisis. También de las respuestas iniciales y, por último, de la secuencia controlada de los mensajes. Por supuesto hay que huir de la "trampa de la credibilidad", es decir, de las interpretaciones simples y partidistas, de negar lo evidente, de declaraciones imprudentes y de poner el énfasis en escenarios optimistas. (¿Les suena de algo, si analizan la comunicación de los primeros días de la crisis?)

Todo esto, por supuesto hay que acompañarlo de un encuadre de la situación apropiado que nos permita un relato creíble, de comportamientos simbólicos que visualicen la asunción de la responsabilidad y del enmascaramiento de aspectos delicados. 

Para finalizar dos detalles que pienso han sido el comienzo y el fin de una mala gestión de comunicación de la crisis del ébola: el lenguaje verbal y no verbal de la ministra de sanidad que trasladó incertidumbre e intranquilidad a la población, y la visita al hospital del presidente Rajoy, imitando a Zapatero cuando se presentó "sin avisar" y sin la ministra de fomento en la crisis de las obras de Alta Velocidad en Barcelona. En ese momento la gestión de la crisis y su comunicación cambió de manos. Veremos los resultados.

lunes, 6 de octubre de 2014

Siempre nos quedará "la Roja"

No, no voy a escribir de fútbol.
Hace unos días asistí a un acto en el marco de la Universidad de Valladolid. Y una vez más, pude contemplar con estupor (y con pena), la errónea colocación de las banderas nada más y nada menos que en el Salón de Grados de la facultad de Derecho. Esto que puede parecer baladí, no lo es para mí. La bandera de España siempre debe estar presidiendo y su colocación no es igual si el número de banderas a colocar es par o impar. 
Aprovecho para llamar a la sensibilidad de cuantos leéis esta entrada para que tampoco lo sea para vosotros.
Inmediatamente me vino a la mente la importancia de los símbolos. Yo que me he educado y formado básicamente en un Seminario Diocesano y durante bastantes años he sido responsable del protocolo de una institución me he dado cuenta del error que hemos cometido durante décadas al no darle a los símbolos la importancia que se merecen; y de paso, por supuesto, no haber hecho la pedagogía necesaria entre nuestros niños y jóvenes como se hace en, prácticamente, todos los países civilizados.
Un símbolo, según nuestra Real Academia es "la representación sensorialmente perceptible de una realidad, en virtud de rasgos que se asocian con ésta por una convención socialmente aceptada".
Y aquí está el problema. Son demasiados años los que llevamos en este país pasando y menospreciando unas convenciones que nos hacían percibir la pertenencia a una nación, de tal manera que para muchos en su subconsciente (o consciente) no existe ya ni la realidad: España. Seguro que muchos de nosotros hemos mantenido conversaciones donde se planteaba la sana envidia que nos produce ver a ciudadanos de otros países rindiendo respeto públicamente en escuelas o eventos deportivos a sus símbolos. Yo todavía me acuerdo (y ya estábamos en democracia) cómo ante la izada o arriada de la bandera nacional en el principal acuartelamiento de mi ciudad, por ejemplo, los transeúntes que pasaban en ese momento por el lugar, guardaban respeto de manera natural y espontánea. Y ahora eso ya no se produce.
Otros, sin embargo, saben muy bien de la importancia de los símbolos, por eso no menosprecian ni la liturgia ni el protocolo. Porque son conscientes de la realidad en sí misma que encierra el símbolo.
¿Alguien piensa que estas tres imágenes de Artur Mas, en tres momentos diferentes son fruto de la casualidad? Podemos observar cómo en ausencia de la bandera de España, sí aparece, sin embargo, la bandera europea. ¿Casualidad?, no. Es fruto del empeño de demostrar que, si bien están dispuestos a no seguir perteneciendo a España, harán lo posible por seguir llamando a las puertas de la Unión Europea, como si de un Estado más se tratara.
¿Qué decir de esta estampa pasando revista a no sé qué tropas, bandera catalana en exclusiva incluida? ¿No pretenden ser los símbolos y el ceremonial de un estado soberano?
Si la democracia española no quiere verse resquebrajada sería bueno que se imponga el imperio de la ley (con sus símbolos también). Recuerdo ahora, más que nunca, la frase de Albert Camus "la tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas". De no haber perdido tantos años dando la espalda a nuestros símbolos, ahora la cohesión de nuestro territorio no estaría tan en entredicho. Aunque, como en Casablanca, "siempre nos quedará la Roja", o Rafa Nadal.

domingo, 28 de septiembre de 2014

La camisa blanca

No, esta entrada no va de la rasgadora poesía del bilbaíno Blas de Otero y que con tanta fortuna popularizó Ana Belén. Hoy voy a hablar de la siempre elegante y tan de moda puesta últimamente por nuestros políticos: la camisa blanca propiamente dicha.
Como no puede ser de otra forma, soy un convencido de que todo, hasta el más mínimo detalle importa a la hora de comunicar porque habla por nosotros. Es más, pienso que, en la mayoría de las ocasiones, nuestra imagen habla antes que nuestra voz.

Nuestra ropa es lo primero que un desconocido ve de nosotros; antes que escucharnos o ver cualquier tipo de gesto corporal.
De ahí que sea un ferviente seguidor de dedicarle tiempo a qué, cómo y cuándo ataviarnos con determinadas prendas.

Por otro lado, de todos es sabido que el blanco simboliza pureza, inocencia, paz y pacifismo, limpieza y frescura, incluso alegría. Por eso mismo, una camisa blanca debería haber sido una prenda habitual entre la clase política años atrás. Pero, hete aquí, que como la camisa blanca era, como decían las abuelas, la prenda más elegante para cumplimentar un traje, cuando en España se llevaba la contra-elegancia, las camisas blancas quedaron para los pocos que, a propósito, exhibían su elegancia acoplándola a un traje y a una corbata.
Y así se creaban tendencias, incluso, entre los correligionarios y seguidores de los partidos políticos. ¿Quién no recuerda las chaquetas de pana y camisas de cuadros de González? ¿o las camisas de rayas de Aznar? En ocasiones nos servían hasta para identificar silenciosamente la tendencia del sujeto que teníamos delante vestido de esa guisa.

¿A dónde quiero ir a parar? Pues a que desde que llegó Obama y lo mesiánico se puso de moda, no hay político que se precie que no desfile en público con camisa blanca, mayormente sin americana y sin corbata. Y, sinceramente, tanta uniformidad me despista. Incluso pienso que empieza a perder eficacia; como si viera un montón de soldados del ejército imperial. Se me hace difícil distinguir al "bueno" (por la vestimenta, claro está).

Pero, la verdad, por lo que hoy escribo este "post" es porque llevo 20 años recomendando no asistir a los platós de televisión con camisas blancas porque producen destellos, transmiten frialdad e interfieren en el espectador a la hora de percibir los gestos del rostro. Y ahora, de repente, todos de blanco a las televisiones. Sinceramente, me he debido perder algún capítulo porque no lo entiendo. 
  

Sigo pensando que el blanco (mucho más si no se acompaña de corbata o/y americana) sigue siendo un color que debería estar prohibido en televisión salvo para los anuncios del "yo lavo más limpio".

El ojo y la mente humana necesitan de colores para moverles a la acción y al sentimiento.

viernes, 19 de septiembre de 2014

¡SÁLVAME!

A estas alturas, ya todos sabemos que el nuevo líder del PSOE, Pedro Sánchez ha intervenido en el programa de "entretenimiento" que dirige Jorge Javier Vázquez. Y a estas alturas, a pesar de la generalizada reacción negativa en redes sociales, han sido bastantes colegas los que han salido, de inmediato, a analizar el efecto positivo de esta pseudointervención a través de una llamada telefónica.
Antes de que sigas leyendo, por si quieres parar aquí, te diré, amigo lector, que yo creo que es un error dicha intervención. Creo que es un error el motivo de la llamada, el contenido de la llamada y la forma de la llamada. Salvo, eso sí, que algunos quieran volver al pan y circo de Juvenal (60-128 d.C.) reconvertido hoy en el pan y circo de las televisiones a las que los políticos tienen que acudir obligatoriamente para ejercitar el populismo que le reporte los votos suficientes para alcanzar el poder. Eso debe ser más sencillo que apoyar a un alcalde amenazado de muerte.

Pienso que el ejercicio de la responsabilidad no está reñido con la búsqueda original de notoriedad, con las nuevas formas de comunicación ni con buscar nuevos cauces para encajar el mensaje. 
Entiendo el nerviosismo de Sánchez con el ascenso de Podemos y lo fácil que es proponer aplicar la fórmula pensando que si a otros les ha funcionado, ¿por qué no a mi?. 
El error está en pensar que la tele nos lo va a dar todo sin seleccionar los escenarios (por cierto, los líderes de Podemos sí saben seleccionar los escenarios). Porque además, los telespectadores no son tontos, los españoles no son tontos.
La responsabilidad de un político que pretende gobernar una nación, no pasa, en mi opinión, por posicionar una propuesta (y de la manera que lo hizo) sobre un asunto que está generando gran polémica en los medios de comunicación en un programa especializado en "prensa rosa", por mucha audiencia que tenga. 
Deteriora su imagen. ¿O sólo lo hizo porque Jorge Javier amenazó con retirar su voto al PSOE? Si es así, la responsabilidad y seriedad de quien quiere dirigir España todavía se rebaja más. 
Mi opinión es que Jorge Javier, líder de audiencia en su programa, no es ningún prescriptor político. Pensar lo contrario es tratar de imbéciles a la audiencia y sobre todo a quienes están luchando por la desaparición del festejo tradicional del Toro de la Vega. (por cierto, ofrezco una solución a la polémica; no es mía, fue de Francisco Franco de 1966 a 1970: no se rejoneaba el toro, es decir, no se le daba muerte)
Alguien tiene que explicar a Sánchez que "al deliberar sobre cualquier asunto siempre hay que tener en cuenta si conviene a todos los ciudadanos" (Erasmo de Roterdam). 
Alguien tiene que decirle que el "populismo" no se combate con "más populismo" en un país que tiene mayoría de edad y cuyos ciudadanos están cada vez más preparados (aunque a veces no lo parezca). 
Por el bien de España, espero no tener que verlo, por mor de las audiencias, metido en la casa de "Gran Hermano". Sin duda, a ello podemos contribuir con nuestro granito de arena los consultores políticos.
(Nótese que no he hecho en ningún momento referencia a la aparición del Sr. Sánchez en el programa "El Hormiguero". Motivo: para mí, como diría Alejandro Sanz, no es lo mismo)